Huellas prehistóricas en Puebla de Valles

Las fuertes lluvias de este invierno están aumentando la erosión de nuestras cárcavas, arrastrando la arcilla hasta las represas colmatadas y rompiendo la caliza en grandes bloques, muy visibles en el Arroyo del Lugar.

Precisamente, junto al cauce de este regajo, el derrumbe de una pared arcillosa ha dejado al descubierto huellas de manos impresas sobre una roca caliza. Dado el aviso a la Junta, acudieron a  Puebla de Valles arqueólogos de la Universidad que indicaron que eran de origen prehistórico, si bien no se podrá precisar fechas hasta que no se realicen el análisis con carbono 14.

La Ribera tiene varios santuarios de la Prehistoria, entre ellos el cercano el Cañón del Jarama, y por ello el hallazgo no ha sorprendido.  Los niños que lo encontraron afirman en su inocencia que las huellas son de los duendes que cuidan los campos.

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Dolinas en el karst de Tamajón

Aunque las dolinas  tienen el mismo origen que las torcas, estas tiene las paredes más altas y agrestes. Se forman por el hundimiento de cuevas internas en los karsts.

La disolución de calizas provoca que la superficie se hunda hacia el interior y se crean se depresiones circulares con paredes verticales de escasa altura y poco escarpadas.  El fondo está relleno de arcillas de descalcificación, lo que las hace muy fértiles y a veces son utilizadas como tierra de pastos y/o de labor.

En el karst de Tamajón tenemos de los dos tipos. Sean estas las dolinas más vistosas; las torcas están en el sabinar. Un argumento más para recorrer la ciudad encantada.

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Arcos en la ciudad encantada de Tamajón

La belleza del karst de Tamajón le ha otorgado este título que comparte con Cuenca, si bien por su reducida dimensión es conocida como la “Mini-ciudad encantada”.

Su mayor encanto es la gran variedad de formaciones rocosas, que iremos presentando en los próximos días. Se entenderá mejor  porque es visita obligada para quienes se acercan a  La Ribera.

Empezaremos por los arcos, de los que tenemos al menos seis.  El más conocido (y visitado)  es visible desde la carretera que se dirige a la Ermita de los Enebrales.

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Una de reflejos

El río Jarama acusa la sequedad del invierno y baja escaso de caudal. La maleza ha cubierto las orillas, haciéndolas impenetrables; ramas rotas y  maderas carcomidas pueblan el cauce. Así se crea un entorno entre inquietante y descuidado, auténtico y salvaje. Casi sobrenatural.

Las aguas del río se mantienen limpias y claras. Arboles desnudos, rocas y troncos viejos se reflejan en el agua. Cierto que los grises y la ausencia de hojas recuerdan que estamos en invierno,  pero no le quitan ni un ápice de belleza a estos rincones desconocidos de Puebla de Valles y de La Ribera.

Y si no me creen, observen estas imágenes. ¡Que las disfruten!

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Concentración parcelaria

Desde la Edad Media uno de los grandes problemas de La Ribera ha sido el minifundismo. La tradición exigía que al morir el padre, las propiedades se dividieran entre los hijos; así han surgido un número infinito de parcelas de tamaño minúsculo. Tan distantes unas de otras que el propietario emplea más tiempo en el camino que trabajando la tierra.

El minifundio era un problema que afectaba a todo el país y como solución surgió la concentración parcelaria.  Su dificultad estribaba fundamentalmente en convencer al propietario de que la nueva asignación de parcelas le favorecía.  La ausencia de títulos de propiedad y la deficiente documentación del Catastro no ayudaron.  En algunos lugares el proceso ha costado varios intentos y muchos años.

En Puebla de Valles el primer intento fue a resultas de la repoblación; tras varios intentos más, el proceso finalizó el año pasado no exento de polémicas: fue voluntario, el arbolado podía quedar fuera, disputas sobre algunas parcelas abandonadas,… Aunque no ha logrado contentar  a todos, sus beneficios  son visibles.

Besanas abandonadas durante décadas han sido recuperadas para cereales, respetando el arbolado. Tras el trabajo de desmonte, campos pedregosos vuelven a producir como antaño, como siempre.

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Olivas y huertos

Ya está aquí el invierno y la gente de La Ribera se apresura a liquidar los huertos, dejándolos baldíos hasta el mes de mayo.  Es tiempo de lombardas, romanescos, coliflores y repollos, que están en su esplendor. (Aunque Paracelso ya decía en el siglo XVI que “el olivo es amigo de la vid y quiere estar lejos de la col”,  en esta entrada ligaremos ambos).

Pues diciembre es el mes de las olivas, cuando el fruto está maduro, pleno de aceite y peso, en  su punto  para la recolección. Es el momento del verdeo (recogida de aceituna para aliño) que aquí se estila poco, salvo para autoconsumo. Los campos se llenan de escaleras, redes, varetas y sacos.

Durante la semana,  mayores y los (pocos) agricultores van de aceitunas. Si hay sol la actividad comienza a primera hora de la mañana y no se regresa hasta el anochecer. Cuando ha helado o está lloviendo, el día se torna de holganza y/o se sale más tarde.  Los urbanitas aprovechan el fin de semana.

Una tarea que se sigue realizando  más por vocación que por rentabilidad. El precio obtenido no compensa el esfuerzo,  pero la tradición (y la satisfacción personal) pesa.

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El karst de Tamajón

Con una extensión de 15 kms y una  orientación Norte-Sur, es el karst de La Ribera más conocido, gracias al trabajo de los expertos que acuden con asiduidad (desde 1.969). Su interés radica en  la variedad de formas, tamaños  y colores de rocas y cavidades. Ello se debe a su ubicación (entre las cuencas del Jarama y del Sorbe) y a que se formó en periodos diferentes.

Sabemos que el proceso comenzó en el Plioceno inferior, seguido de episodios de relleno en el Pleistoceno inferior y la posterior reactivación del karst. Durante el Óptimo Climático del Holoceno (8.000 -5.000  a.c.) se produjo la formación de espeleotemas.  Hoy se considera un karst fósil.

La diversidad de simas, cuevas, abrigos, refugios, galerías, arcos, torcas, dolinas y formas caprichosas  del área más cercana a la ermita de los Enebrales (su virgen es la  patrona de la Sierra Norte) y su singular belleza le han otorgado el nombre de “Ciudad encantada de Tamajón”.  El sabinar de origen terciario, la abundancia/variedad de pájaros,  un merendero, y algunos sitios prehistóricos conforman un lugar único.

Por todo ello el karst de Tamajón  es un área interesante para escaladores, espeleólogos, observadores de aves, senderistas, católicos y visitantes. Y desde aquí iremos desvelando sus secretos.

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Un belén en el Pico del Ocejón

Aunque el Pico del Ocejón está fuera de La Ribera, su figura con 2.048 metros domina el paisaje de la Sierra Norte. La historia y evolución de nuestra comarca no se explicaría sin su presencia, visible desde Guadalajara.

La subida al Ocejón es una excursión clásica que puede realizarse desde tres puntos diferentes de la Arquitectura Negra: Valverde de los Arroyos (con el aliciente de pasar por las Chorreras de Despeñalagua), Majalerayo y Almiruete (siguiendo la cuerda del Porron). Las tres rutas son accesibles para casi todos, aunque salvan un desnivel de unos 800 metros por un paisaje espectacular y duran entre 3 y 4 horas.

Todos los años (ya van 39)  los amigos del Club Alcarreño de Montaña suben el Pico del Ocejón el domingo anterior a Navidad desde Majaelrayo para oír misa y colocar un belén en la cima. Desde aquí, si el día está despejado las vistas son excepcionales: al norte, el Moncayo y la Sierra de la Demanda; al oeste  Somosierra y Guadarrama, y al sur las torres de la Castellana (Madrid)

Este año la excursión tendrá lugar el día 18, a partir de las 10,30 horas. Si deseas participar contacta con el Club Alcarreño  y/o Viajes Alcarria Tour (949 248120) a la mayor brevedad. La asistencia es masiva, en 2.010 subieron más de trescientas personas. ¡Imprescindible!

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Visita al Pozo de la Roca

Esta playa del Jarama a la que acuden los vecinos de Puebla de Valles en verano, tiene un encanto especial en  invierno.

Cuando bajamos la cuesta el olor a tierra húmeda nos invade. La vereda serpentea entre chopos desnudos y zarzales vestidos, mientras el río entona su canción; los pajarillos revolotean sobre los alisos. A los lados del camino huellas de jabalíes y alguna seta (de chopo). Son  doscientos metros llenos de vida.

El Pozo de la Roca aparece austero, reflejando en sus aguas los troncos desnudos de los árboles. La playa sembrada de hojas muertas,  y a su espalda las hiedras  que en su trepar descubren la caz del viejo molino. El río canturrea mientras salva las piedras de su cauce.

Un lugar único  para quienes desean estar a solas  y sentirse naturaleza.

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