Nocturno de invierno

El 25 de agosto escribía: ”La luna nueva tiene el encanto de su ausencia, dejando que sean las estrellas quienes iluminen la noche. Un paseo nocturno, al fresco y sin luna,  proporciona sensaciones únicas”. En estos días de invierno suscribo la primera frase,  pero necesito cambiar la segunda (bajamos de 0º): “Una mirada al cielo en el silencio de la noche, proporciona sensaciones únicas”.

Desde Puebla de Valles, dia 8-12-09, a las 23 h.

A este guardián etéreo le impresionan el silencio total, las sombras y las luces de los aviones con trayectorias diferentes; hasta cuatro simultáneos. Y bien abrigados, diez minutos de contemplación del cielo estrellado en la oscuridad más absoluta reconfortan.

Las afueras de los pueblos de La Ribera están llenos de lugares que proporcionan estas sensaciones.  

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Mapa de la Ribera, año 1.681

La Biblioteca Hispánica posee un mapa de 1.681, firmado por Leornado I.F, que recoge la margen derecha de la cuenca del río Tajo y por ende La Ribera. Quizás no sea el mapa más antiguo de la comarca, pero su nivel de detalle y su precisión lo convierten en espectacular (y muy valioso). Estas son algunas curiosidades:

Y nos pareció que debíamos recogerlo aquí, para que no se pierda en nuestra memoria.

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Los Nogales

A este guardián etéreo le llama la atención un lugar de Puebla de Valles , por los cambio de aspecto y de color que se produce cuando cambia la estación. Me refiero a Los Nogales, situado junto a la caseta del agua, camino del pozo de la Roca.

Una treintena de nogales,  muy frondosos y distribuidos de forma aleatoria, flanquean el camino.  A un lado  el Jarama, cantarín y accesible desde aquí,  y al otro olivos bien cuidados; detrás un trigal. Conforman un paisaje muy bucólico.

Su aspecto a comienzos del verano, cuando cobija ovejas y ardillas, resulta espectacular. A finales del otoño, cuando las hojas apenas son un recuerdo, también.  Otro paraje hermoso de La Ribera.

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La procesión de las mujeres

Esta procesión, de la que estaba excluidos los hombres, se celebraba en Puebla de Valles el día de la Purísima Concepción, 8 de diciembre. Las mujeres se vestían con sus mejores galas y después de asistir a misa, colocaban la imagen de la virgen sobre unas andas  y salían por el pueblo. Iban cantando estas coplillas:

Toma virgen pura

nuestros corazones

no nos abandones

jamás, jamás.

Mira que nubes bellas

forman su dosel

quiero estar contigo

virgen llévame.

Contigo en el cielo

que grande es mi anhelo

virgen llévame

La procesión paraba a la puerta de la iglesia y se le cantaba una vez más, antes de devolverla al Altar Mayor. La costumbre decayó con la guerra y aunque después hubo procesión algunos años, se perdió para siempre con la despoblación.

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Juan Bautista Maino, pintor

En estos días se celebra en el Museo del Prado una exposición antológica (la primera) de este  maestro del siglo XVII, nacido en la provincia de Guadalajara y desconocido por casi todos. A este guardián etéreo le llamaron la atención dos cuadros:

  • Pentecostés del maestro Maino, donde el centro del lienzo lo ocupa María Magdalena con una bellísima melena rubia, que domina el cuadro.
  • El martirio de Santa Apolonia de Guido Reni, donde uno de los verdugos lleva en sus manos unas tenazas que aproxima a la cara de la santa, patrona de los dentistas y a la que se encomiendan quienes padecen dolor de muelas.

En la ermita de Peñamira había una imagen de Santa Apolonia, de madera policromada,  que adquirió gran fama en el siglo XVIII. Dicen que la imagen desapareció porque los romeros arrancaban una astilla que se llevaban a casa como prevención contra el dolor de muelas. Otra leyenda más de La Ribera

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Cosas de iglesias

Cuentan que en el siglo XIX una hija de Puebla de Valles, Mónica de la Torre, regaló un precioso cáliz de oro y plata al pueblo; años después el cáliz desapareció de la iglesia.  En los años setenta el cura que atendía Puebla decía misa en San Nicolás (iglesia de Guadalajara situada en la calle Mayor). Un día al levantar el cáliz, vio la inscripción de Puebla de Valles situada en la base. Lo comentó con el alcalde y tras arduas gestiones, la joya volvió a nuestra iglesia.

En la iglesia de Tortuero hay una figura de Cristo que asusta a los niños: una cabeza coronada de espinas que mira al cielo y con la boca entreabierta mostrando los dientes. Está sobre un pedestal junto a la puerta.

La Virgen con el Niño de Santa María del Vado (vease blog noviembre), está desaparecida y solo conservamos alguna foto. Las figuras, ambas de madera policromada y de posible origen gótico, llaman la atención por su sonrisa.

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El Vado, pueblo abandonado (II)

La sequía permite acercarse al pueblo del Vado por el viejo camino que arranca en la carretera de Retiendas, cerca de la casilla de peón caminero. Este era su acceso natural que el embalse sobre el Jarama anega cuando alcanza un nivel medio. Entonces hay que acceder por una senda bastante complicada desde el pueblo de La Vereda.

 El Vado es pueblo negro,  con sus casas de pizarra y gorrones entremezclados que se confunde con el paisaje. Su estructura es típica de pueblo ganadero, con calles hundidas y corrales situados a las afueras, al norte en un pequeño valle perpendicular al río. Trazado urbano en cuadriculas, con casas de muros gruesos  y ventanas pequeñas.

 Aunque el pueblo fue arrasado (para evitar su ocupación) antes de la construcción de la presa en los sesenta, su trazado es reconocible, si bien está muy deteriorado. Una curiosidad más es que la iglesia está ubicada en  el cerro de la Muela, a trescientos metros del pueblo hacia el oeste.

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El Vado, pueblo abandonado

El Vado, años 50

Su origen se remonta a la Edad Media con la repoblación posterior a  la Reconquista por las tropas de Alfonso VI. Situado estratégicamente, a media ladera, sobre la margen izquierda del Jarama, sus gentes controlaban el paso del río por el único lugar posible en muchas leguas: el Vado.

Gozó de importancia durante los tiempos de la Mesta (de ahí su imponente iglesia y la cita que de ella hace el Arcipreste de Hita en el libro del Buen Amor),  gracias al cobro de tasas por el paso del río. Sirva como muestra de este esplendor sus fiestas de la botarga en Fin de Año y la botarga infantil del día de Reyes, ambas desaparecidas pero bien documentadas por José Ramón López de los Mozos.

La construcción del pantano en los años sesenta produjo el abandono total del pueblo, si bien su decadencia comenzó antes, con la marcha de los vecinos a las ciudades.

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El barranco de las Quintillas

Este barranco calizo no pasaría de ser uno más de los muchos que surcan La Ribera, profundos, agrestes y comidos por la maleza.  Pero su desembocadura en el río Sorbe, absorbida por el Pantano de Beleña entre peñas, crea un paraje singular.  Su trazado, angosto desde el origen, termina entre rocas carcomidas por la erosión creando formas caprichosas.

Si a esto le añadimos la existencia de pinturas rupestres del periodo Calcolítico (3.000 a.c.) en parajes cercanos, la singularidad del Barranco de las Quintillas está más que justificada. Habitualmente cubierto por las aguas, solo la sequía permite admirarlo en toda su plenitud. El acceso, por el viejo camino de Muriel.   ¡Fantástico!

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Las ermitas de Peñamira

Desde la construcción de la ermita nueva, a finales de los ochenta, los pueblos del Señorío de Beleña (blog 5 octubre)  vuelven en romería a Peñamira, como antaño.  Dicen que la ermita original se fundó en el lugar exacto (frente al barranco de Peñamira)  donde la Virgen salvó a un caballero de los moros, pasándolo por los aires al otro lado del río Sorbe (véase blog 28 de mayo).

La guerra civil la destruyó, y la presa de Beleña la cubrió de agua; ahora la sequía deja al descubierto sus ruinas, a 500 metros de la ermita nueva.  Aunque solo quedan los cimientos y algunas paredes de caliza, su trazado es reconocible. Un acceso desde el sur  con edificios a ambos lados, probablemente las caballerizas y el refugio de los que hablan los antiguos.  Solo ruinas, que a este guardián emocionan por la historia que encierran.

El acceso, cuando es posible,  por el viejo camino de Muriel,  o desde Beleña por el camino de Peñamira.

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