La extraña historia de Saturnino Abuin

Este personaje, eterno y extraño guerrillero, se incorporó a la partida de El Empecinado en el verano de 1.809, huyendo de la justicia. Participó en varios combates y perdió el brazo en el Casar de Salamanca (de ahí que fuera llamado el manco Abuín). Ya comandante, a finales de 1.810 lidera en Sigüenza una protesta por no recibir el ascenso que, a su criterio, tenía bien merecido.

En enero de 1.811 es cogido en Tamajón por los franceses con más de 40 hombres a caballo, que fueron  enviados presos a Francia.  Mientras, él participa en la derrota del Empecinado en El Rebollar días después, lo que confirma la traición que no lance de guerra, como su jefe creyó en principio. Juró obediencia a José Bonaparte en Madrid y fue nombrado jefe de los Húsares Francos de Guadalajara.

Tras la derrota se va a Francia y regresa en 1.820, creando una partida realista que pronto es derrotada. Huye de nuevo y regresa con los Cien Mil  Hijos de San Luis; Fernando VII le premia dándole mando en el ejército.  Más tarde participa en la Guerra Carlista en el bando isabelino y se retira en 1.843 a Tordesillas, donde muere de repente a los 79 años sin recibir la extremaución  ¿Castigo divino?

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Día de San Pedro

Tortuero

La Ribera, tierra de tradición ganadera, tuvo en el día de San Pedro, patrón de los pastores,  una de sus fiestas más significativas (con baile). Ese día los pastores subían al pueblo, comían en casa de sus amos y ajustaban el salario para el año siguiente (del libro de Puebla de Valles).

En Tamajón y Retiendas el 29 de Junio marcaba la marcha de los rebaños de vacas y/o cabras hacia los pastos de la sierra.  En Tortuero los machos cabríos pastaban juntos en la sierra (en las faldas del Pico Palancar y aledaños) guardados por un pastor pagado por todos. Por San Pedro  bajaban al pueblo y los encerraban en la calle del Pilar, vallada en sus extremos.

Cada vecino reconocía los suyos por las marcas y los apartaba para su venta a compradores que acudían desde Valdepeñas, Uceda y Torrelaguna.  Al rebaño con los machos no vendidos se incorporaban los chivos del año y al día siguiente subían de nuevo a la sierra.  Una versión peculiar de «la rapa da bestas»  ajustada a la realidad de esta tierra.   

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Otras labores de siega

Los segadores dejaban los manojos cortados (puñaos, lo que cogía en la mano) a ambos lados de la columna que iban segando (lucha: lo que abarcaban sus brazos y/o 2 surcos, si estaab en pendiente).  Luego los atadores iban juntando la mies y con una tomiza (cuerda de esparto) formaban haces de buen tamaño.  En campos pequeños, como en La Ribera, el atador era uno de lo segadores y/o un jornalero contratado para la ocasión (agostero).

Al final de la jornada con el sol bien puesto, los haces se cargaban en  mulas, sobre unos aparejos en forma de W que permitían gran volumen de mies (esto requería cierta habilidad, ya que por el poco peso y  lo accidentado del terreno, era fácil que acabaran en el suelo). La reata de mulas guiada por el agostero se dirigía a la era en el pueblo, donde llegaba bien anochecido.

Tras descargar en la era, regresaba al tajo; quitaba el aparejo a las caballerías y las trababa en el barbecho. Ahí terminaba su jornada de trabajo, pasadas las once de la noche, que al día siguiente se reanudaba con el amanecer.  ¡Es comprensible que nadie quisiera ser agostero!

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La Guerra de la Independencia en La Ribera

El Empecinado, segun Goya

Cuando se produjo el levantamiento de 1.808 contra los franceses, en cada provincia se formó una Junta de Defensa. El 20 de diciembre se constituyó la de Guadalajara y Sigüenza, que tras unos meses de titubeos pidió a El Empecinado que se encargase de la defensa de esta tierra, con el cargo de brigadier.

En abril de 1.810 se formaron 2 batallones que integraron a los guerrilleros de la zona, los Tiradores de Sigüenza y los Voluntarios de Guadalajara, cuyo campo de entrenamiento estaba en las cercanías de Tamajón. Buenos soldados pero indisciplinados, originaron muchos problemas con la población local.

Las actas de la Junta, entre agosto y diciembre de 1.811, indican que El Empecinado y sus capitanes (entre ellos el manco Abuín, cuya historia contaremos)  estuvieron por la comarca. Durante mucho tiempo estableció su cuartel general en Cogolludo, donde mantuvo varios enfrentamientos con las tropas del general francés Hugo, padre de Víctor Hugo.

Los abusos de los soldados, las requisiciones del ejército español  y el saqueo de los franceses provocaron que la Guerra de Independencia fuese especialmente dura para La Ribera.

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Jócar, pueblo abandonado

Limitando con La Ribera y a 3 kms de Muriel por la carretera de Cogolludo, Jócar es hoy una sucesión de montones de piedras comidos por la maleza, entre los que resulta imposible reconocer su fisonomía de pueblo. Solo el trazado de alguna calle, la fuente y el cementerio permanecen visibles, aunque deteriorados. La torreta de electricidad que abastecía al pueblo, situada a la izquierda de la carretera, indica su ubicación, que otro modo pasaría inadvertida.

Jócar llegó a tener una población superior a 150 personas  y botarga. Debió ser abandonado hacia 1,962, fecha de  las últimas lápidas del cementerio. Años después, entre 1.967 y 1.980, ICONA expropió los términos municipales y casco urbano de varios pueblos de la zona y los declaró “perímetros de reforestación obligatoria”; seguidamente los repobló de pinos. Jócar fue uno de ellos.

Además, para evitar que los vecinos volviesen (como en El Vado) se demolieron casas y edificios (incluida la iglesia).  Esto explica su estado y la imposibilidad de recuperar el pueblo (como Muriel).  Jócar hoy  transmite un aire de tristeza que impregna el aire ¡Descanse en paz!

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Fiestas de San Juan

La llegada del solsticio de verano el 24 de Junio, festividad de San Juan, no tenía una significación especial en La Ribera. Aquí no había hoguera, ni saltos sobre el fuego, ni siquiera leyendas de la Encantada.

En algunos pueblos las mujeres salían al campo este día a recoger manzanilla silvestre para todo el año, “que ya estaba graná”. Se utilizaba más como remedio contra los dolores de estómago que como bebida caliente. Hoy es una especie protegida y su recolección está prohibida.

La excepción es Puebla de Beleña, que celebraba el día de San Juan Bautista con misa solemne, donde el cura bendecía las viandas que se repartían a los vecinos después la procesión del santo por el casco urbano. Era la “Caridad de San Juan”, un panecillo con un trozo de queso de cabra y oveja de la tierra bien curado y acompañado de un buen trago de vino.  Hoy la fiesta está desaparecida, si bien se intenta recuperar.

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La siega

Ya nos acercamos al mes de julio, tiempo de siega. Los hijos de La Ribera sembraban cereales (trigo, cebada y avena),  más para consumo propio que para vender a terceros. Por ello y por el tamaño de las besanas, esta era una tarea familiar, a veces con la ayuda a veces de un jornalero del pueblo. Como en otros muchos lugares de Castilla La Mancha.

Aquí se utilizaba la hoz gallega, con zoqueta de madera  para la mano izquierda y dediles para la derecha. En los traslados, el filo de la hoz y el cuerpo del segador se protegían con una tomiza de esparto.

Si el campo estaba lejos, los segadores dormían en el tajo; segaban desde el alba hasta la puesta de sol. El cocido de mediodía y el agua los llevaba un chiquillo en un borrico, además de las viandas para el almuerzo y la cena, lo que en Puebla de Valles suponía más de una hora de camino. Así hasta que terminaban en ese campo, lo que podía durar una semana.

Las cosechadoras acabaron con este duro trabajo; ya solo nos queda el recuerdo.

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Los pueblos coloraos

La Ribera está asentada sobre terrazas fluviales y kársts de la era Cuaternaria, como otras muchas zonas situadas al sur del Sistema Central. Pero algo la hace diferente: esa franja de intenso color rojizo que la atraviesa desde el Sorbe hasta la vega del Jarama, de 8 Kms de ancho y limites bien definidos.  

El color se debe al fuerte contenido en hierro de la arcilla, matizado por pizarrillas y cantos rodados, que varía según el periodo de consolidación del terreno, paraje y altura de la capa. Aquí las cárcavas y barrancos  alcanzan una especial belleza por el cambio de tonalidad del rojo según la luz del día: las Pequeñas Médulas, la Hoya del Santo y las cárcavas del pueblo en Retiendas son un vivo ejemplo.

Naturalmente, ese tono rojizo era el color característico del casco urbano de los pueblos de la franja: Puebla de Valles, La Mierla y Retiendas. Por eso se les llama “los pueblos coloraos”, aunque hoy esa fisonomía apenas es reconocible.

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Faroles y carburos

Los faroles permanecieron hasta que la electricidad y las linternas fueron de uso común, ya bien entrados los años setenta. Pero el candil siguió un camino diferente. Como el aceite desprendía un humo negro poco agradable, a finales del siglo XIX, en La Ribera algunos empezaron a sustituirlo por el carburo.

Para esto se usaba una especie de candil con dos cavidades: en la inferior se ponían piedras de carburo, comprado en la droguería y en la superior agua. Las gotas caían sobre el carburo y se desprendía un gas que se obligaba a salir por un orificio muy pequeño, la boquilla. Al quemarse el gas se producía llama y luz.

Sus ventajas eran la regulación de la llama y que no producía humo. Sus inconvenientes que había que quitar la carbonilla de la boquilla regularmente y el precio. Por eso los candiles se siguieron usando en los pueblos donde se disponía de aceite propio, como en Puebla de Valles.

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Candiles y faroles

Hasta la llegada de la electricidad en los años cincuenta, La Ribera se alumbraba con candiles (en la Arquitectura Negra con sebo). El funcionamiento era simple: un algodón liado en forma de cuerda se colocaba con un extremo en un hoyuelo con aceite y el otro en el exterior, al que se prendía fuego. La llama consumía el aceite y daba luz.

En el exterior se usaban faroles, candiles de mano con un cristal que protegía la llama del viento. Las calles quedaban a oscuras y daban lugar a anécdotas como esta:

“Dos hermanos, chico y chica  ya  talluditos, coexistían en la misma casa. Una noche cerrada el hombre tropezó de frente con su hermana en la calle y a resultas del golpe,  el  amaneció con el ojo morado y ella con un buen chichón. La una comentó que se dio con una olla de la cocina y el otro dijo que se golpeó con una puerta. Desde entonces se les conoció como cabeza de hierro”

La imaginación ha creado una variedad infinita de candiles y faroles de singular belleza.

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